Skip Navigation Links The Library of Congress >> Researchers
Hispanic Reading Room (Area Studies, Library of Congress)
  Home >> Distant Neighbors

Items in the Library of Congress are reflected in our online catalog.

For illustrations check the Prints & Photographs catalog

For articles and selected books check the Handbook of Latin American Studies

For additional materials see Finding aids for some collections or contact the respective research center

DISTANT NEIGHBORS:  The U.S. and the Mexican Revolution

The Interim Presidency (25 May 1911 to 6 November 1911)

The office which Francisco León de la Barra inherited was overflowing with problems; not only did the interim president have to deal with rebel forces who continued to take towns and states, but he also needed to balance the demands of foreign interests and investment with domestic big business interests and the needs of poor workers and farm laborers.  In addition, the banditry which had wracked the country throughout the Porfiriato worsened as the marauders took advantage of the government’s distraction to play for higher stakes. All of these problems combined gave rise to one even larger: since the government was broke and had no funds to fight bandits, enforce taxation, and suppress Madero’s rebellion. 

Yet, what weighed most heavily on De la Barra were not the problems themselves, but rather the nation’s expectation that he would fix them in time for the next election and hand over a problem-free Mexico to the incoming president.  Nonetheless the lawyer took up the challenge with relish; he emptied what remained of Federal stores, particularly those invested in foreign banks to pay off Mexico’s international debt and invested the remainder in Mexican owned and operated banks.  Even as he tackled the country’s economic crisis, the interim president called for national unity based in shared Mexican identity and pleaded for the violence of the revolution to be forgotten in favor of the creation of a stronger and more united Mexico, subject to the laws of the state.  In addition, De la Barra went out of his way to consult with Madero on issues brought up in the “Peace of Ciudad Juárez”, trying to bridge the gap between the old presidency and the new.

But mostly, the lawyer tried to return life to normalcy.  He rebuilt the railroads and telegraphs, giving huge subsidies to Mexican businesses to regain their footing and begin running again.  The legislature soon followed suit, passing initiatives to retire the rebel armies to private life or welcome them into the rural divisions of the federal army and to extend public programs that helped the poor and disenfranchised.  Yet, these decisions did not go unopposed; many resented the accommodation of rebel troops, remembering too well the atrocities committed during the armed rebellion.  The people were also upset that bandits or criminals could easily be granted pardon if they simply stated they were part of the revolutionary army.  Moreover, a growing number of socialist, anarchist and communist intellectuals were decrying the return to “business as usual,” arguing that the revolution meant Mexico could, and should, change the very political-economic structure of the nation.

At the same time, the interim government faced even greater opposition from various indigenous peoples across the country who felt that the change in government meant that their opinions would be heard and needs addressed.  When De la Barra made no attempt to address the issues of his indigenous citizens, they rose up in armed rebellion.  Emiliano Zapata continued his rebellion from Morales and in Sinaloa, the Yaqui fought for the right to secede.  Thus, despite all his efforts to clean up the nation for the succeeding president, De la Barra left office with Mexico still bifurcated along a rich-poor axis and still torn asunder by competing interests.

Go to next page


Mexico City, Mexico - National Palace

Mexico City, Mexico -- National Palace

 

La presidencia interina (25 de mayo de 1911 al 6 de noviembre de 1911)


 El puesto que Francisco León de la Barra heredó estaba lleno de problemas; el presidente interino no sólo tuvo que lidiar con las fuerzas rebeldes que continuaban tomando ciudades y estados, sino que también necesitaba equilibrar las demandas de los intereses  extranjeros con los intereses de los grandes negocios nacionales y las necesidades de los trabajadores pobres y los trabajadores agrícolas. Además, el bandolerismo que había sacudido al país durante el porfiriato empeoró, ya que los bandidos se aprovecharon de la situación del gobierno para sus propios intereses. Todos estos problemas dieron lugar a uno todavía mayor ya que el gobierno estaba en la ruina y no tenía fondos para luchar contra los bandidos, cobrar los impuestos, y suprimir la rebelión de Madero.

Sin embargo, lo que más le pesaba a De la Barra no eran los problemas en sí, sino más bien, las expectativas de la nación de que los arreglaría a tiempo para las próximas elecciones y así poder entregar un México libre de problemas al presidente entrante. No obstante, el abogado asumió el reto con entusiasmo; vació lo que quedaba en las arcas federales, particularmente lo que estaba invertido en bancos extranjeros, para saldar la deuda internacional de México e invertir lo restante en bancos mexicanos. Al mismo tiempo que  abordaba la crisis económica del país, el presidente interino hacía una llamada a la unidad nacional basada en la identidad mexicana compartida por todos y abogaba para que la violencia de la revolución se olvidase en favor de la creación de un México más unido y más fuerte sujeto a las leyes del estado. Además, De la Barra se esforzó por consultar con Madero sobre temas que salieron a relucir en la “Paz de Ciudad Juárez”, intentando reducir la brecha entre la vieja presidencia y la nueva.

Pero sobre todo, el abogado intentó que la vida volviera a la normalidad. Reconstruyó los ferrocarriles y telégrafos, y extendió cuantiosas subvenciones a negocios mexicanos para su recuperación y para que pudieran funcionar de nuevo. La asamblea legislativa también hizo lo mismo, aprobando iniciativas para desmilitarizar a los ejércitos rebeldes o atraerlos a las divisiones rurales del ejército federal y extendiendo programas sociales para ayudar a los pobres y marginados. Sin embargo, estas medidas se adoptaron no sin oposición; muchos resentían la complaciencia hacia las tropas rebeldes, recordando muy bien las atrocidades cometidas durante la rebelión armada y también que bandidos o criminales pudiesen obtener un perdón simplemente alegando que eran miembros del ejército rebelde. Más todavía, un creciente número de intelectuales socialistas, anarquistas y comunistas denunciaban un retorno a la “normalidad de siempre,” argumentando que la revolución significaba que México podía y debía cambiar la mismísima estructura político-económica de la nación.

Al mismo tiempo, el gobierno interino se enfrentaba a una oposición todavía mayor de parte de varios grupos indígenas en todo el país que consideraban que un cambio de gobierno debería significar que sus opiniones serían escuchadas y sus necesidades consideradas. Cuando De la Barra no hizo ningún intento para resolver los problemas de sus ciudadanos indígenas, éstos se alzaron en rebelión armada. Emiliano Zapata continuó con su rebelión en Morelos y Sinaloa, y los Yaquis luchaban por su derecho a la secesión. Así, a pesar de sus esfuerzos para limpiar la nación para el presidente entrante, De la Barra dejó la presidencia con un México todavía bifurcado a lo largo de un eje rico-pobre y todavía desgarrado por intereses opuestos.

Go to next page


 

 

  Top of Page Top of Page
  Home >> Distant Neighbors
  The Library of Congress >> Researchers
  October 29, 2013
Legal | External Link Disclaimer Contact Us:  
Ask a Librarian